Vamos a pasar de las metáforas. Tengo ganas de decir que te quiero en un lugar público. No hace falta que te lo diga a ti, directamente, ya estás cansada de oírlo. Quiero decírselo, quizá, a la más tímida de tus amigas mientras tú te levantas para ir al baño, que ni siquiera te des la vuelta para ver sus labios abiertos en o, y que simplemente al mirarte en el espejo de después, de después de después, descubras que he recorrido la distancia de la mesa hasta el desorden de tus mejillas. Quizá se lo cuente al farmacéutico cuando, impaciente, esperas en el coche pintándote los labios para disimular que él mire por encima de mi hombro y luego por debajo de mi brazo y luego cierre para venirse corriendo detrás de nosotros con su cargamento de pastillas para la tos de después de después y sus antigripales y una pancarta que diga que te quiero, fabricada, como hacen los secuestradores malos, con los recortes de los titulares del Hola que roba en el kiosko de al lado. Quiero gritarlo en la bib...
¿y si todo el mundo tuviera que regalarte un poema para poder entrar a la fiesta del fin del mundo? Felices veinticinco. Ella se quitó la ropa a contraluz como sólo sabría hacerlo una de nuestras barely legal little goddess . Mi madre hubiese tenido una palabra perfecta para ese momento (frufrú: la canción de la seda en su itinerario a ras de la piel desnuda); mi madre tenía palabras perfectas para cualquier esquina del universo, guardadas todas en las casillas de un autodefinido, y sin embargo no voy a llamarla orgulloso de haber encontrado esta tan lejos del lugar de mi infancia en el que la dejó. El caso es que ella estaba desnuda y fuera llovía como sólo lo hace en las películas y alguno de los dos entonces debería haber encontrado en el guión una de esas líneas que llenan los pósters de las paredes (ya sabes, como no me acuerdo de olvidarte ), pero el beso fue tan inmediato que la quemarropa nos soldó una lengua sobre la otra hasta que la mañana siguiente murió de mediodía. Teníam...
Sudó durante una semana entera. Después estuvo orinando tres días, tres noches y cuatro amaneceres, hasta que empezó a llorar una hora detrás de otra, una hora detrás de otra: casi dos semanas más en llanto. Por último, sangró abundantemente el resto del mes. Antes de morir miró todo el líquido, que había guardado en bañeras gigantes, y se dio cuenta de que ella no merecía tanto la pena. Pero las ganas de vivir ya se le habían secado.
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